29 Marzo, Domingo DE RAMOS “De la pasión del Señor”
29 Marzo, Domingo DE RAMOS “De la pasión del Señor”
Leccionario
Dominical A: Salt. 2ª semana.
Procesión Mt
21,1-11.
Cuando se aproximaban ya a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al
monte de los Olivos, envió Jesús a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Vayan
al pueblo que ven allí enfrente; al entrar, encontrarán amarrada una burra y un
burrito con ella; desátenlos y tráiganmelos. Si alguien les pregunta algo,
díganle que el Señor los necesita y enseguida los devolverá”.
Esto sucedió para que se cumplieran las
palabras del profeta: Díganle a la hija de Sión: He
aquí que tu rey viene a ti, apacible y montado en un burro, en un burrito, hijo
de animal de yugo.
Fueron, pues, los discípulos e hicieron lo que
Jesús les había encargado y trajeron consigo la burra y el burrito. Luego
pusieron sobre ellos sus mantos y Jesús se sentó encima. La gente, muy
numerosa, extendía sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de los
árboles y las tendían a su paso. Los que iban delante de él y los que lo
seguían gritaban: “¡Hosanna! ¡Viva el Hijo de
David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!”
Al entrar Jesús en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. Unos decían:
“¿Quién es éste?” Y la gente respondía: “Éste es el profeta Jesús, de Nazaret
de Galilea”.
La Misa -
Primera Lectura
No
escondí el rostro ante ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado (Tercer
cántico del Siervo del Señor)
Lectura
del profeta Isaías 50, 4-7
En aquel entonces, dijo Isaías:
El Señor
Dios me ha dado una lengua de discípulo;
para saber decir al abatido una palabra de aliento.
Cada mañana me espabila el oído,
para que escuche como los discípulos.e
El Señor Dios me abrió el oído;
yo no resistí ni me eché atrás.
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban,
las mejillas a los que mesaban mi barba;
no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.
El Señor Dios me ayuda,
por eso no sentía los ultrajes;
por eso endurecí el rostro como pedernal,
sabiendo que no quedaría defraudado. Palabra de Dios
Salmo 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24
R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me
has abandonado?
V. Al verme, se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza:
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
que lo libre si tanto lo quiere». R.
V. Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos. R.
V. Se reparten mi ropa,
echan a suerte mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. R.
V. Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
«Los que temen al Señor, alábenlo;
linaje de Jacob, glorifíquenlo;
témanlo, linaje de Israel». R.
Segunda
Lectura
Se
humilló a sí mismo; por eso Dios lo exaltó sobre todo
Lectura de la
Carta del Apóstol san Pablo a los Filipenses 2, 6-11
Cristo Jesús, siendo
de condición divina,
no retuvo ávidamente el ser igual a Dios;
al contrario, se despojó de sí mismo
tomando la condición de esclavo,
hecho semejante a los hombres.
Y así, reconocido como hombre por su presencia,
se humilló a sí mismo,
hecho obediente hasta la muerte,
y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó sobre todo
y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre;
de modo que al nombre de Jesús
toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo
es Señor,
para
gloria de Dios Padre. Palabra de Dios
Evangelio
Pasión
de nuestro Señor Jesucristo
Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 26, 14–27, 66
Cronista: En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote,
fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
S. «¿Qué están dispuestos a darme si se lo entrego a
ustedes?».
C. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata.
Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?
C. El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos
a Jesús y le preguntaron:
S. «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».
C. Él contestó:
+ «Vayan a la ciudad, a casa de quien ustedes saben, y
díganle: “El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu
casa con mis discípulos”».
C. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y
prepararon la Pascua.
Uno de ustedes me va a entregar
C. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían
dijo:
+ «En verdad les digo que uno de ustedes me va a
entregar».
C. Ellos, muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno
tras otro:
S. «¿Soy yo acaso, Señor?».
C. Él respondió:
+ «El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me
va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de
aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre
no haber nacido!».
C. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
S. «¿Soy yo acaso, Maestro?».
C. Él respondió:
+ «Tú lo has dicho».
Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre
C. Mientras comían, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la
bendición, lo partió, lo dio a los discípulos y les dijo:
+ «Tomen, coman: esto es mi cuerpo».
C. Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo:
+ «Beban todos; porque esta es mi sangre de la alianza,
que es derramada por muchos para el perdón de los pecados. Y les digo que desde
ahora ya no beberé del fruto de la vid hasta el día que beba con ustedes el
vino nuevo en el reino de mi Padre».
C. Después de cantar el himno salieron para el monte de los
Olivos.
Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño
C. Entonces Jesús les dijo:
+ Esta noche se van a escandalizar todos por mi causa,
porque está escrito: “Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del
rebaño”. Pero cuando resucite, iré delante de ustedes a Galilea».
C. Pedro replicó:
S. «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré».
C. Jesús le dijo:
+ En verdad te digo que esta noche, antes de que el gallo
cante, me negarás tres veces».
C. Pedro le replicó:
S. «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».
C. Y lo mismo decían los demás discípulos.
Empezó a sentir tristeza y angustia
C. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado
Getsemaní, y dijo a los discípulos:
+ «Siéntense aquí, mientras voy allá a orar».
C. Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo,
empezó a sentir tristeza y angustia.
Entonces les dijo:
+ «Mi alma está triste hasta la muerte; quédense aquí y
velen conmigo».
C. Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba
diciendo:
+ «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no
se haga como yo quiero, sino como quieres tú».
C. Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos.
Dijo a Pedro:
+ «¿No han podido velar una hora conmigo? Velen y oren para no
caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil».
C. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:
+ «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba,
hágase tu voluntad».
C. Y viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque sus ojos
se cerraban de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las
mismas palabras.
Volvió a los discípulos, los encontró dormidos y les dijo:
+ «Ya pueden dormir y descansar. Miren, está cerca la
hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores.
¡Levántense, vamos! Ya está cerca el que me entrega».
Se acercaron a Jesús y le echaron mano y lo prendieron
C. Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los
Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, enviado por los
sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta
contraseña:
S. «Al que yo bese, ese es: préndanlo».
C. Después se acercó a Jesús y le dijo:
S. «¡Salve, Maestro!».
C. Y lo besó. Pero Jesús le contestó:
+ «Amigo, ¿a qué vienes?».
C. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano y lo
prendieron. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de
un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote.
Jesús le dijo:
+ «Envaina la espada; que todos los que empuñan espada, a
espada morirán. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría
enseguida más de doce legiones de ángeles. ¿Cómo se cumplirían entonces las
Escrituras que dicen que esto tiene que pasar?».
C. Entonces dijo Jesús a la gente:
+ «¿Han salido a prenderme con espadas y palos como si fuera un
bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me
prendieron. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las Escrituras de
los profetas».
C. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y
huyeron.
Verán al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder
C. Los que prendieron a Jesús lo condujeron a casa de
Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos.
Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote y, entrando, se
sentó con los criados para ver cómo terminaba aquello.
Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un falso
testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar
de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos
que declararon:
S. «Este ha dicho: “Puedo destruir el templo de Dios y
reconstruirlo en tres días”».
C. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
S. «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que
presentan contra ti?».
C. Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:
S. «Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el
Mesías, el Hijo de Dios».
C. Jesús le respondió:
+ «Tú lo has dicho. Más aún, yo les digo: desde ahora
verán al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene sobre las
nubes del cielo».
C. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras
diciendo:
S. «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos?
Acaban de oír la blasfemia. ¿Qué deciden?».
C. Y ellos contestaron:
S. «Es reo de muerte».
C. Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon;
otros lo golpearon diciendo:
S. «Haz de profeta, Mesías; dinos quién te ha pegado».
Antes de que cante el gallo me negarás tres veces
C. Pedro estaba sentado fuera en el patio y se le acercó una
criada y le dijo:
S. «También tú estabas con Jesús el Galileo».
C. Él lo negó delante de todos diciendo:
S. «No sé qué quieres decir».
C. Y al salir al portal lo vio otra y dijo a los que estaban
allí:
S. «Este estaba con Jesús el Nazareno».
C. Otra vez negó él con juramento:
S. «No conozco a ese hombre».
C. Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a
Pedro:
S. «Seguro; tú también eres de ellos, tu acento te delata».
C. Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar diciendo:
S. «No conozco a ese hombre».
C. Y enseguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas
palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo me negarás
tres veces». Y, saliendo, lloró amargamente.
Entregaron a Jesús a Pilato, el gobernador
C. Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos
del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y,
atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.
No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son
precio de sangre
C. Entonces Judas, el traidor, viendo que lo habían condenado,
se arrepintió y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y
ancianos diciendo:
S. «He pecado entregando sangre inocente».
C. Pero ellos dijeron:
S. «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!».
C. Él, arrojando las monedas de plata en el templo, se marchó; y
fue y se ahorcó. Los sacerdotes, recogiendo las monedas de plata, dijeron:
S. «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas,
porque son precio de sangre».
C. Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del
Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía
«Campo de Sangre». Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías:
«Y tomaron las treinta monedas de plata,
el precio de uno que fue tasado,
según la tasa de los hijos de Israel,
y pagaron con ellas el Campo del Alfarero,
como me lo había ordenado el Señor».
¿Eres tú el rey de los judíos?
C. Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador
le preguntó:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?».
C. Jesús respondió:
+ «Tú lo dices».
C. Y, mientras lo acusaban, los sumos sacerdotes y los
ancianos no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:
S. «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?».
C. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba
muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía liberar un preso, el que la
gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la
gente acudió, dijo Pilato:
S. «¿A quién quieren que les suelte, a Barrabás o a Jesús,
a quien llaman el Mesías?».
C. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y,
mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
S. «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido
mucho soñando con él».
C. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a
la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.
El gobernador preguntó:
S. «¿A cuál de los dos quieren que les suelte?».
C. Ellos dijeron:
S. «A Barrabás».
C. Pilato les preguntó:
S. «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?».
C. Contestaron todos:
S. «Sea crucificado».
C. Pilato insistió:
S. «Pues, ¿qué mal ha hecho?».
C. Pero ellos gritaban más fuerte:
S. «¡Sea crucificado!».
C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario,
se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente,
diciendo:
S. «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá ustedes!».
C. Todo el pueblo contestó:
S. «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros
hijos!».
C. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de
azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
¡Salve, rey de los judíos!
C. Entonces los soldados del gobernador se llevaron a
Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte: lo desnudaron
y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se
la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando
ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo:
S. «¡Salve, rey de los judíos!».
C. Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con
ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su
ropa y lo llevaron a crucificar.
Crucificaron con él a dos bandidos
C. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y
lo forzaron a llevar su cruz.
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir
lugar de «la Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó,
pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa
echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza
colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el rey
de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la
derecha y otro a la izquierda.
Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz
C. Los que pasaban, lo injuriaban, y, meneando la cabeza, decían:
S. «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días,
sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz».
C. Igualmente los sumos sacerdotes con los escribas y los
ancianos se burlaban también diciendo:
S. «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¡Es el Rey
de Israel!, que baje ahora de la cruz y le creeremos. Confió en Dios, que lo
libre si es que lo ama, pues dijo: “Soy Hijo de Dios”».
C. De la misma manera los bandidos que estaban crucificados con
él lo insultaban.
«Elí, Elí, lemá sabaqtaní?»
C. Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron
tinieblas sobre toda la tierra. A la hora nona, Jesús gritó con voz potente:
+ «Elí, Elí, lemá sabaqtaní?».
C. (Es decir:
+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).
C. Al oírlo algunos de los que estaban allí dijeron:
S. «Está llamando a Elías».
C. Enseguida uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja
empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber.
Los demás decían:
S. «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo».
C. Jesús, gritando de nuevo con voz potente, exhaló el
espíritu.
Todos se arrodillan, y se hace una pausa.
C. Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba
abajo; la tierra tembló, las rocas se resquebrajaron, las tumbas se abrieron y
muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las
tumbas después que él resucitó, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a
muchos.
El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver
el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:
S. «Verdaderamente este era Hijo de Dios».
C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas
que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo; entre ellas, María la
Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los hijos de
Zebedeo.
José puso en su sepulcro nuevo el cuerpo de Jesús
C. Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado
José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el
cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo
de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en su sepulcro nuevo que se
había excavado en la roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y
se marchó.
María la Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas
enfrente del sepulcro.
Ahí tienen la guardia: vayan ustedes y aseguren la vigilancia
como saben
C. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación,
acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:
S. «Señor, nos hemos acordado de que aquel impostor estando en
vida anunció: “A los tres días resucitaré”. Por eso ordena que vigilen el
sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, se lleven el
cuerpo y digan al pueblo: “Ha resucitado de entre los muertos”. La última
impostura sería peor que la primera».
C. Pilato contestó:
S. «Ahí tienen la guardia: vayan ustedes y aseguren la
vigilancia como saben».
C. Ellos aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y
colocando la guardia. Palabra del Señor.
Un mensaje Sólo para jóvenes
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